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Glaciares: El punto ciego de la reforma que redefine quién decide sobre el agua

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Tras Semana Santa, la Cámara de Diputados abrirá uno de los debates más sensibles del año: la modificación de la ley de protección de glaciares. Pero detrás de la discusión entre desarrollo productivo y preservación ambiental, emerge un dato que reordena el eje del conflicto: el proyecto traslada el poder de decisión sobre qué zonas deben ser protegidas desde un organismo técnico nacional hacia las provincias.

Ese cambio, aparentemente técnico, es el corazón político de la reforma.

El giro: del inventario nacional al criterio provincial

La normativa vigente establece que el inventario de glaciares —a cargo del Ianigla— define qué áreas quedan bajo protección, bajo el principio de que todo el sistema glaciar y periglacial funciona como reserva estratégica de agua.

La reforma propone otro esquema: serán las provincias las que, mediante estudios propios, determinen qué zonas cumplen efectivamente funciones hídricas. Aquellas que no lo acrediten podrían quedar liberadas para actividades productivas.

En otras palabras, ya no se parte de la protección como regla general, sino de una verificación caso por caso.

Ese desplazamiento del criterio —de preventivo a condicionado— es lo que encendió las alarmas.

Dos bloques, dos modelos de país

El oficialismo, acompañado por gobernadores de provincias mineras como Salta, San Juan y Catamarca, impulsa la reforma con un argumento central: la actual ley es demasiado restrictiva y frena inversiones estratégicas.

En ese esquema, el foco está puesto en minerales críticos como el litio y el cobre, claves para la transición energética global. La promesa es clara: más inversiones, más divisas y dinamización de economías regionales.

Del otro lado, ambientalistas, especialistas en derecho ambiental y un grupo de provincias advierten que el proyecto implica un retroceso.

Sostienen que fragmentar la gestión del sistema glaciar puede afectar el equilibrio hídrico de regiones enteras. El punto no es menor: los ríos que nacen en la cordillera abastecen a provincias que no participan del negocio minero, pero sí dependen del agua.

El agua como recurso en disputa

El conflicto excede la minería. Lo que está en juego es quién administra un recurso estratégico en un contexto de cambio climático y retroceso de glaciares.

La ley vigente considera al ambiente periglacial como parte de un sistema integrado que regula el agua. La reforma, en cambio, introduce un criterio funcional: solo se protege lo que se comprueba que cumple ese rol.

Para sus críticos, allí aparece un riesgo estructural: la posibilidad de que zonas hoy protegidas queden sujetas a interpretaciones técnicas —y decisiones políticas— más flexibles.

Inversiones millonarias y presión sobre el Congreso

El debate no ocurre en abstracto. Sobre la mesa hay proyectos mineros por miles de millones de dólares en cobre, litio, oro y plata, muchos de ellos en zonas sensibles.

El Régimen de Incentivo a las Grandes Inversiones (RIGI) funciona como telón de fondo: las provincias buscan destrabar proyectos que hoy enfrentan límites regulatorios.

Ese contexto explica la intensidad del lobby y la presión para avanzar con la reforma.

Una discusión que recién empieza

En el Senado, la iniciativa ya mostró un mapa dividido. Ahora, en Diputados, el resultado es incierto y dependerá en gran medida del posicionamiento de los gobernadores.

El debate, sin embargo, ya dejó expuesta una tensión de fondo: desarrollo económico versus preservación ambiental es solo la superficie. Debajo, lo que se redefine es el control sobre un recurso escaso y estratégico.

Y en ese terreno, la pregunta no es solo cuánto se puede explotar, sino quién decide hasta dónde.

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