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La ingeniería del golpe final: Cómo EE.UU. capturó a Maduro

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La caída de Nicolás Maduro no fue un acto improvisado ni una reacción de último momento. Fue el resultado de una operación milimétrica, diseñada durante meses, ejecutada en horas y pensada para no dejar márgenes. La clave no estuvo solo en la potencia militar desplegada, sino en la precisión del método: inteligencia previa, control total del espacio aéreo y una extracción quirúrgica en el corazón de Caracas.

Todo comenzó en la madrugada. A las 2 de la mañana en Venezuela, una secuencia de explosiones rompió la calma en Caracas y otras ciudades estratégicas. Los primeros ataques alcanzaron la base aérea de La Carlota, el Cuartel de la Montaña —símbolo del chavismo y lugar donde reposan los restos de Hugo Chávez—, además de objetivos militares en Maracay, La Guaira y el aeropuerto de Higuerote. En menos de media hora, el sistema defensivo venezolano quedó neutralizado.

La operación, bautizada “Determinación Absoluta”, involucró más de 150 aeronaves entre bombarderos, cazas, aviones de inteligencia, vigilancia, reconocimiento y drones no tripulados. Despegaron desde unas 20 bases distribuidas en el hemisferio occidental. Mientras los aviones de combate desmantelaban las defensas aéreas, helicópteros con fuerzas especiales volaban a muy baja altura sobre el mar para evitar los radares.

El objetivo era uno solo: llegar hasta la residencia segura de Nicolás Maduro, ubicada dentro de un complejo militar en Caracas. Las tropas de élite —con la Fuerza Delta al frente y agentes del FBI integrados al operativo— arribaron alrededor de las 2. Allí, según confirmó el jefe del Estado Mayor Conjunto, Dan Caine, el presidente venezolano y su esposa, Cilia Flores, se rindieron sin que el operativo se extendiera más de lo previsto. Maduro intentó refugiarse en una habitación blindada, pero no logró cerrar la puerta antes del ingreso de las fuerzas estadounidenses.

La extracción fue inmediata. Desde Caracas, la pareja fue trasladada en helicóptero hasta el USS Iwo Jima, un buque anfibio de asalto desplegado en el Caribe como parte del cerco militar contra el régimen chavista. El nombre del barco —símbolo de una de las batallas más cruentas de la Segunda Guerra Mundial— no pasó inadvertido en Washington.

Desde el buque, el traslado continuó hacia la base naval estadounidense en Guantánamo, donde un avión del FBI esperaba para llevarlos a Nueva York. Allí, Maduro quedó alojado en una prisión federal a la espera de comparecer ante la Justicia, acusado de conspiración narcoterrorista, tráfico internacional de cocaína y posesión de armamento pesado. La primera imagen difundida por Donald Trump —Maduro esposado, vendado, con auriculares y ropa deportiva— funcionó como confirmación política y simbólica del operativo.

Horas después, Trump explicó el alcance de la maniobra. La definió como un “ataque espectacular” y dejó una definición que reconfiguró el escenario regional: Estados Unidos conducirá Venezuela hasta una “transición segura, adecuada y juiciosa”. No fijó plazos ni adelantó nombres, pero descartó la continuidad del chavismo bajo cualquier forma.

Del lado venezolano, la reacción fue fragmentada. Diosdado Cabello habló de un “ataque parcial” y llamó a la movilización. Más tarde, Delcy Rodríguez denunció una agresión para apropiarse de los recursos energéticos del país, se proclamó presidenta interina y anunció medidas de excepción. La oposición, en tanto, reclamó el reconocimiento de Edmundo González Urrutia como presidente legítimo, mientras María Corina Machado celebró la captura, aunque fue luego desautorizada por el propio Trump como figura de consenso.

Detrás del despliegue militar hubo una arquitectura silenciosa. Fuentes de inteligencia revelaron que fuerzas estadounidenses construyeron una réplica exacta de la residencia de Maduro para ensayar el asalto. La CIA había desplegado equipos en el terreno desde agosto y contaba con información detallada sobre los movimientos del mandatario. La orden final se dio días antes, aunque la ejecución se demoró por condiciones climáticas adversas.

Las repercusiones fueron inmediatas. Aliados de Washington celebraron la caída de Maduro; otros gobiernos denunciaron una violación a la soberanía venezolana. La ONU y la Unión Europea advirtieron sobre un precedente peligroso. Rusia y China condenaron la incursión militar.

Más allá de las lecturas políticas, el dato central quedó claro esa madrugada: la captura de Maduro fue el resultado de una ingeniería de poder cuidadosamente diseñada. No fue solo una operación militar. Fue una decisión estratégica que cambió, en pocas horas, el equilibrio político de Venezuela y dejó a toda la región frente a un nuevo escenario, todavía abierto y sin final escrito.

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