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Trump corta el petróleo y deja a Cuba al borde del colapso energético tras la caída de Maduro

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La presión de Estados Unidos sobre los regímenes autoritarios de la región entró en una nueva fase. Tras el golpe decisivo que significó la captura de Nicolás Maduro, Donald Trump avanzó ahora sobre Cuba, en el momento de mayor fragilidad del castrismo en más de seis décadas. El anuncio del fin de los envíos de petróleo venezolano a la isla no sólo clausura un acuerdo estratégico histórico: expone a La Habana a un escenario de colapso energético, social y político.

El mensaje llegó temprano y sin matices. Trump confirmó que no habrá más crudo ni recursos rumbo a Cuba y exigió a la dirigencia cubana que negocie “antes de que sea demasiado tarde”. La advertencia resonó como una orden directa, en un contexto en el que la isla ya no cuenta con márgenes de maniobra ni aliados capaces de sostenerla.

Durante años, el régimen cubano sobrevivió gracias a un esquema diseñado por Fidel Castro y Hugo Chávez a comienzos del siglo XXI: petróleo venezolano a cambio de personal cubano. Lo que comenzó como un intercambio de médicos y entrenadores deportivos mutó, con el tiempo, en un sistema de cooperación en seguridad e inteligencia que terminó blindando al chavismo y, especialmente, al círculo íntimo de Maduro.

Ese engranaje se rompió de manera abrupta. La muerte de decenas de escoltas cubanos en territorio venezolano no sólo destruyó el anillo de seguridad del líder chavista: también demolió la narrativa de invulnerabilidad de las fuerzas especiales de la isla y dejó al descubierto una verdad que La Habana negó durante años: su presencia militar activa en el exterior.

Trump leyó el impacto político del golpe y avanzó. El corte petrolero deja a Cuba frente a un dato crítico que marca la diferencia respecto de crisis anteriores: la isla enfrenta ahora un déficit diario cercano a los 45.000 barriles de petróleo, una cifra imposible de cubrir incluso con la asistencia parcial de Rusia o México. El faltante afecta de manera directa a las centrales eléctricas y transforma los apagones —ya cotidianos— en un factor permanente de desgaste social.

Las consecuencias ya se sienten. Las Navidades de 2025 fueron las más oscuras que recuerde la isla, y el panorama para 2026 es aún peor. Sin combustible suficiente, el sistema eléctrico opera al límite, el transporte se paraliza y la economía informal se convierte en el único salvavidas para millones de cubanos.

El desgaste no es sólo material. Desde las protestas del 11 de julio de 2021, alrededor de dos millones de personas abandonaron Cuba, en su mayoría jóvenes. La combinación de crisis energética, empobrecimiento y falta de perspectivas profundiza una sangría demográfica que erosiona la base social del régimen.

Desde La Habana, la respuesta oficial repitió el libreto conocido. El presidente Miguel Díaz-Canel volvió a responsabilizar a Estados Unidos por las carencias internas y habló de “asfixia extrema”. Sin embargo, puertas adentro, el clima es distinto. A medida que se conocieron los nombres de los militares muertos en Venezuela, crecieron el malestar y los rumores, incluso dentro de las Fuerzas Armadas.

El gobierno intentó contener el impacto con homenajes y discursos de unidad, pero el eco fue menor al habitual. Las negaciones oficiales sobre la cooperación en seguridad contrastaron con informes de organismos de derechos humanos y con testimonios surgidos incluso desde el chavismo, que confirmaron el rol central de los agentes cubanos en la represión y el control político.

En Washington, el endurecimiento fue celebrado por sectores del exilio cubano y por legisladores que reclaman desde hace años una política sin concesiones hacia La Habana. La señal es clara: el margen de tolerancia se agotó y el tiempo juega en contra del castrismo.

Por primera vez en décadas, la élite gobernante cubana enfrenta un escenario sin red de contención externa. Sin petróleo, sin dólares y con una sociedad exhausta, el régimen queda expuesto a su mayor debilidad: la imposibilidad de sostener la vida cotidiana. En ese punto, la presión internacional deja de ser abstracta y se convierte en un problema interno de supervivencia política.

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