Mientras el país atraviesa una crisis económica marcada por la caída del consumo y el deterioro del poder adquisitivo, el precio de los combustibles continúa su marcha ascendente sin pausa ni contención.
En Salta, los valores de la nafta volvieron a subir este domingo y, con este nuevo incremento, llenar un tanque de 50 litros cuesta hasta $79.000. La suba, aplicada por YPF, fue del 2,5% promedio, pero lo más inquietante es el ritmo acumulado: solo en julio, los combustibles ya se encarecieron un 6%.
Detrás de estos aumentos hay una explicación repetida pero cada vez más desgastada: el llamado “seguimiento de variables” que YPF esgrime para justificar el alza constante en los surtidores. La empresa —de participación mayoritaria estatal— insiste en su narrativa técnica: precios internacionales del crudo, movimiento del tipo de cambio, y una supuesta política de “precios dinámicos” que le permitiría adaptar sus valores a la oferta, la demanda y el contexto de cada zona del país.
En los papeles suena razonable. En la práctica, es otra historia.
Salta: precios por las nubes y diferencias de barrio a barrio
En la ciudad de Salta, los aumentos golpean de forma pareja, aunque con pequeñas diferencias entre estaciones céntricas y periféricas. La nafta Súper pasó a costar $1.346 por litro en el centro y $1.369 en las zonas más alejadas. Por su parte, la Infinia —el producto premium de YPF— ya se vende a $1.552 en el centro y a $1.581 en los barrios.
Traducido en términos concretos: llenar un tanque de 50 litros cuesta hoy entre $67.300 y $79.050, dependiendo del tipo de combustible y la ubicación. Una cifra que hace apenas unos meses parecía impensable.
Pero lo más grave no es el número, sino la inercia. No hay techo. El combustible sube en piloto automático, con una frecuencia que desafía cualquier planificación familiar o comercial. Y mientras tanto, nadie lo frena.
Ajustes encadenados y un atraso funcional
Desde el sector empresarial justifican los aumentos señalando que existe un “atraso del 15%” en los precios respecto de los costos reales. Es cierto que el precio del petróleo y el dólar han presionado hacia arriba. Pero también es cierto que el Estado, lejos de moderar esta tendencia, la convalida: la mayoría accionaria de YPF está en manos del gobierno nacional, y su política de combustibles ha oscilado entre la liberación y la simulación de control.
En junio, por ejemplo, las petroleras privadas (como Shell, Axion y Puma) aplicaron una suba del 5%, mientras que YPF se mantuvo sin cambios. Ahora, compensa esa diferencia con aumentos propios, diluidos y repetidos, pero que terminan siendo igual o más gravosos para el bolsillo del consumidor.
Mientras tanto, se consolida una estrategia comercial que YPF presenta como “micropricing”: ajustes diferenciados por estación, horarios con descuentos de madrugada, precios “promocionales” que apenas maquillan una estructura cada vez más desigual. Un litro de nafta puede costar más o menos dependiendo de si se carga con app, si es autodespacho, o si el color del cartel es celeste. Todo menos una tarifa justa, estable y previsible.
El riesgo de normalizar lo insostenible
Lo más preocupante es la naturalización del aumento. Las subas de la nafta ya no son noticia, sino rutina. Nadie se pregunta por qué sube, sino cuánto. Y detrás de esa resignación, se esconde un modelo de gestión que ha cedido el control de un insumo estratégico como los combustibles a las reglas del mercado sin amortiguadores sociales.
La nafta impacta en toda la cadena de costos, desde el transporte hasta los alimentos. Un litro más caro no afecta solo al automovilista: golpea a la economía en su conjunto. Cada ajuste en el surtidor se multiplica en góndolas, fletes, pasajes y logística.
Sin políticas públicas claras, sin previsibilidad, sin intervención real, el precio de los combustibles seguirá siendo un reflejo directo de las variables macroeconómicas más volátiles, sin que medie una lógica de equidad o sostenibilidad.







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