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Ciclovía sin reglas: El cruce del intendente que reflejó una problemática diaria

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Por Marcela Pérez

No fue un acto oficial ni una puesta en escena. Fue un domingo cualquiera. El intendente de la ciudad de Salta, Emiliano Durand, salió a recorrer la ciclovía de la avenida Circunvalación junto a su esposa, como lo hacen a diario vecinos que caminan, corren o andan en bicicleta. Lo que encontró no fue distinto de lo que muchos denuncian desde hace tiempo: un espacio pensado para el esparcimiento y la movilidad saludable convertido en una vía de tránsito informal, sin reglas claras ni respeto, atravesado además por un clima de confrontación que expone una inseguridad más profunda.

El hecho, registrado en dos videos que el propio intendente difundió, tiene un valor noticiable que va más allá del intercambio puntual con un motociclista. Lo distintivo no es solo que el jefe comunal haya sido increpado e incluso amenazado, sino que haya vivido en primera persona lo que ocurre todos los días en ese sector de la ciudad: la apropiación indebida del espacio público, la irascibilidad ante cualquier llamado de atención y la sensación de que nadie cuida a quien intenta cumplir la norma.

En el primero de los videos, Durand relata una escena aparentemente menor, pero reveladora:
“Acá andando en la ciclovía con Irene, cosas que pasan. Estaba diciendo un señor andando en moto por la ciclovía y le digo, no, no es para moto. Tiene que ir por la calle. Y me dice, no, yo le di el voto a usted. Y le digo, no, eso no tiene nada que ver. Hay que hacer lo correcto. Y dice, ah, entonces no se lo doy más. Y no, no me lo dé más, pero yo igual le voy a insistir con que hay que hacer lo correcto. Las cosas como son, tiene que haber orden. Si no, no avanzamos más”.

La frase condensa una lógica extendida: la idea de que el respaldo electoral habilita a incumplir normas básicas de convivencia. El espacio público, en esa mirada, deja de ser un bien común para convertirse en territorio de conveniencia individual.

El segundo video es más tenso y expone con crudeza el clima que se vive en la zona. Durand detiene a un motociclista que circula por la ciclovía y le pide que baje a la calle paralela, de ripio. El diálogo es directo, sin intermediarios:

—Durand: “No, no, hermano, no, no, no. Estás andando mal. Esto es una ciclovía, esto es bici y peatones. ¿Y eso cómo se llama?”
—Motociclista: “Eso se llama calle”.
—Durand: “¿Y por dónde va la moto?”
—Motociclista: “Por la ciclovía”.
—Durand: “No, hermano, bajá por favor a la calle. ¿Vos tenés carnet? Entonces sí lo sabés. Vienen chicos a andar en bici, viene gente a caminar”.

La discusión escala hasta una amenaza explícita:
—Motociclista: “Vos sos un político, sino me bajo y te boxeo”.

Finalmente, el motociclista se retira y baja por donde corresponde. El intendente cierra con una reflexión que busca ir más allá del episodio:
“A todos nos puede pasar encontrarnos con alguien que no respeta, que se quiere llevar todo opuesto. Y hay que enseñarle, hay que insistir. Sí vale la pena insistir, sí vale la pena enseñar”.

Pero el trasfondo es más amplio y más complejo. La ciclovía de la Circunvalación no es solo invadida por motos. Automóviles y camionetas también la utilizan para evitar calles de tierra, acortar camino sin llegar a los rondines, y ganar más rápido la Circunvalación. En una zona atravesada por barrios y emprendimientos inmobiliarios nuevos, el crecimiento urbano no vino acompañado de una cultura vial acorde. La ciclovía, pavimentada y más cómoda, termina siendo una solución improvisada para vehículos que no quieren transitar por el ripio.

A eso se suma una postal tan habitual como preocupante: el pastoreo de vacas y caballos llevados hasta ese sector. Quienes caminan o andan en bicicleta deben sortear animales en plena traza, con el riesgo que eso implica. La escena roza lo absurdo, pero es parte de la rutina.

El estado de la vía tampoco ayuda. La ciclovía depende de dos jurisdicciones: el municipio de Salta y el de San Lorenzo. Esa división administrativa se traduce, en los hechos, en falta de mantenimiento coordinado. Hay tramos con acumulación de agua, barro persistente, sectores descabezados, iluminación insuficiente. En algunos puntos, caminar es directamente imposible; en otros, las bicicletas pasan con dificultad. De noche, la oscuridad convierte al lugar en un espacio propicio para robos u otros delitos, alimentando la sensación de inseguridad.

El dato central es que lo que le ocurrió al intendente podría haberle pasado a cualquier vecino. Y de hecho, les pasa. La diferencia es que esta vez quedó registrado y abrió un debate incómodo pero necesario: ¿sirve confrontar para enseñar? ¿Hasta dónde llega la pedagogía cívica en una sociedad tensionada, donde un simple llamado de atención puede derivar en violencia?

Multar o aplicar contravenciones tampoco parece una solución lineal. Cada intento de control suele chocar con acusaciones de “Estado represor” o de medidas “recaudatorias”. La ausencia de reglas claras y de cumplimiento efectivo termina generando un terreno fértil para el “vale todo”, donde el más fuerte o el más apurado impone su lógica.

La escena de la ciclovía es, en realidad, una metáfora urbana. Muestra una ciudad que creció rápido, sin acuerdos básicos sobre el uso del espacio común. Una ciudad donde enseñar, ordenar y cuidar implica exponerse. Y donde la pregunta de fondo sigue abierta: ¿cómo se construye convivencia sin caer en la violencia ni en la anomia?

Tal vez el primer paso sea asumir que no se trata de un problema menor ni anecdótico. La ciclovía no es solo una senda para bicicletas: es un termómetro social. Y hoy marca fiebre.

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