La guerra en Gaza sumó este domingo una página más de luto, polémica y profunda indignación: cinco trabajadores de prensa de la cadena Al Jazeera —dos corresponsales y tres camarógrafos— murieron en un bombardeo israelí que destruyó su carpa de operaciones en el enclave. Uno de ellos, Anas Al-Sharif, no era solo una de las caras más reconocidas del periodismo en la Franja. Era también, según las autoridades israelíes, “un terrorista de Hamas”.
La información fue confirmada por el director del hospital Al-Shifa y replicada por la cadena con sede en Qatar, que denunció el ataque como un acto deliberado contra su equipo. Israel respondió con una acusación que profundiza la controversia: el Ejército afirmó que Al-Sharif, de 28 años, era el jefe de una célula terrorista y estaba involucrado en ataques con cohetes contra civiles y militares israelíes.
Una afirmación que ha sido rechazada tanto por organismos internacionales como por la propia cadena. La Relatora Especial de la ONU para la libertad de expresión, Irene Khan, ya había advertido semanas atrás que las acusaciones carecían de sustento. En julio, el Comité para la Protección de los Periodistas había alertado sobre el riesgo que corría la vida del cronista.
Junto a Al-Sharif murieron el periodista Mohammed Qreiqeh y los camarógrafos Ibrahim Zaher, Mohammed Noufal y Moamen Aliwa. Todos trabajaban en condiciones extremas para documentar el día a día de una población cercada, bombardeada y desbordada por la tragedia.
Horas antes de su muerte, Al-Sharif había publicado en la red social X un video desde Gaza advirtiendo sobre un “cinturón de fuego” que azotaba el este y sur de la ciudad. Su último mensaje fue un presagio inquietante, un testimonio de la urgencia que lo impulsaba a seguir reportando a pesar del peligro.
Un periodista marcado
Anas Al-Sharif no era un desconocido para el gobierno israelí. Desde hace meses venía siendo blanco de acusaciones por parte de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI). En octubre del año pasado, el portavoz militar Avichay Adraee publicó un mensaje en redes sociales afirmando que documentos recuperados en Gaza probaban que Al-Sharif era un integrante activo del ala militar de Hamas. “Usted puede intentar presentarse como un periodista que siente el dolor del pueblo de Gaza, pero ahora todo el mundo sabe que usted es miembro de Hamas”, escribió.
Al-Jazeera, por su parte, sostuvo desde el inicio que se trataba de un intento deliberado por desacreditar a un periodista incómodo. “Se trata de una campaña sistemática para silenciar nuestras voces”, denunciaron directivos del medio.
Periodismo bajo fuego
Desde el recrudecimiento del conflicto en octubre de 2023, más de 200 periodistas y trabajadores de medios han perdido la vida en Gaza, según cifras difundidas por Al-Jazeera. La cadena denuncia que su trabajo ha sido blanco de ataques sistemáticos, como ocurrió en 2021, cuando Israel bombardeó el edificio Al-Jalaa, que albergaba sus oficinas y las de Associated Press, bajo el argumento de que era utilizado por terroristas.
La relación entre Israel y Al-Jazeera ha sido históricamente tensa. En los últimos años, las autoridades israelíes cerraron oficinas del canal, decomisaron equipos y prohibieron transmisiones bajo una ley de “seguridad nacional” que permite clausurar medios extranjeros considerados “hostiles”.
La carta final de Al-Sharif
El periodista asesinado dejó un mensaje escrito con fecha del 6 de abril. Una especie de testamento moral. “He vivido el dolor en todos sus detalles”, escribió. “A pesar de eso, nunca dudé en transmitir la verdad tal como es.”
En su despedida, lamenta no poder ver crecer a sus hijos ni acompañar a su esposa. “Ni siquiera los cuerpos destrozados de nuestros niños y mujeres conmovieron sus corazones ni detuvieron la masacre”, dice sobre la comunidad internacional.
Al-Sharif sabía que podía morir. Y aun así, eligió quedarse, informar y resistir con su cámara y su voz. Hoy, esas voces han sido silenciadas. Pero la pregunta que queda —y que resuena con fuerza entre los escombros— es si se trató de una muerte en la línea del deber o de una ejecución encubierta bajo el manto de una acusación que nunca fue probada.







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