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Concejales desconectados: Ahora quieren cambiar el escudo de la Ciudad

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Mientras los salteños lidian con múltiples dificultades cotidianas, un escenario desafiante, donde cada jornada implica resolver urgencias personales, familiares, económicas, de trabajo, de inclusión, el Concejo Deliberante centra su atención en una prioridad discutible: rediseñar el escudo municipal.

Sí, leyó bien. En medio del caos urbano y del hastío generalizado, la Comisión de Cultura, Turismo, Recreación, Educación, Prensa y Relaciones Interjurisdiccionales del Concejo Deliberante dedica tiempo, recursos y sesiones a debatir… un nuevo símbolo heráldico. Como si de eso dependiera el destino inmediato de los salteños. Como si esa fuera la agenda urgente de una ciudad que, cada día, requiere más recursos en lo estructural y en lo social.

El proyecto, impulsado por la concejala Inés Bennassar, propone abrir un concurso para diseñar un nuevo escudo que, según ella, represente “la historia, los valores y la identidad de la población de la ciudad de Salta”. Pero lo que no dice es cuántos vecinos pidieron eso. ¿Cuántos ciudadanos, al salir a esperar el colectivo hundidos en el barro porque sus calles están intransitables, o al regresar a sus casas en medio de la oscuridad y las malezas, rezando varios Padre Nuestro para no ser víctimas de un delito, se preguntan si el escudo municipal los defenderá de un ataque? ¿Cuántos, al hacer fila de madrugada para conseguir un turno en un centro asistencial, o aquellos que, empujados por la crisis económica, aprendieron un oficio y recorren feria tras feria intentando ganarse unos pesos, sienten que su problema pasa por un símbolo heráldico?

La respuesta es clara: nadie lo pidió, nadie lo necesita y a nadie le cambia la vida.

Lo que sí salta a la vista es el oportunismo simbólico y el disfrazado revisionismo histórico de segunda mano. Una suerte de maquillaje institucional, bajo la excusa de una participación “comunitaria”, que pretende borrar un emblema vigente desde 1934, cargado de historia, identidad y tradición. ¿Con qué objetivo real? ¿Con qué urgencia concreta? ¿Qué herida social sana cambiar un blasón?

Si de revisionismo hablamos, lo primero que habría que revisar es la utilidad política de quienes promueven este tipo de distracciones vacías mientras se desentienden de los problemas reales. Porque detrás del supuesto debate cultural no hay más que una profunda desconexión con la realidad de la calle, una desconexión que insulta a quienes están esperando decisiones que les cambien la vida, no el membrete.

Y lo más llamativo es que parece que los concejales oficialistas —incluida la autora del proyecto— aún no han tomado nota de que fueron los principales artífices de la derrota del 11 de mayo en la capital. No solo perdieron una banca de senador por Capital, sino que además abrieron las puertas a otras fuerzas políticas que, a diferencia de ellos, sí parecen haber entendido el mensaje que la gente quiso dar. Mientras tanto, ellos siguen perdiendo el tiempo en discusiones alejadas de las prioridades reales de los ciudadanos.

Hace apenas unos meses, los mismos concejales en una Sesión, modificaron la ordenanza del escudo para regular su uso en papelería oficial. ¿No era suficiente? ¿Vamos a seguir legislando sobre sellos y medallas mientras la ciudad requiere que se resuelvan problemas urgentes?

Esta nota, no es una crítica al patrimonio ni a la memoria histórica: es una crítica al ridículo de una clase política más preocupada por cambiar símbolos que por transformar realidades.

La política no es arte decorativo. Es gestión, es decisión, es priorización. Si los concejales quieren dejar un legado, que sea en soluciones para la gente.

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