En la fría mañana del 7 de junio, el gobernador Gustavo Sáenz encabezó los actos que dan inicio a las conmemoraciones por el 204° aniversario del momento en que el general Martín Miguel de Güemes fue herido de muerte.
El lugar, los símbolos, las banderas y la cabalgata hacia la Quebrada de la Horqueta nos remiten a una imagen poderosa de la historia argentina: la de un prócer salteño que, desde los márgenes del poder central, forjó uno de los pilares fundamentales de la independencia nacional.
Pero no es sólo la historia lo que se conmemora. También es —o debería ser— una oportunidad para reflexionar sobre el presente.
En su discurso, el gobernador Gustavo Sáenz habló de unidad. Recordó que Güemes, al igual que San Martín y Belgrano, luchó por la libertad, la soberanía y sobre todo por una Argentina unida. Hoy, más de dos siglos después, ese anhelo sigue sin resolverse. Los desafíos que enfrentamos como sociedad nos muestran un país fragmentado, desigual, atrapado en disputas estériles mientras miles de ciudadanos viven en la incertidumbre cotidiana.
La figura de Güemes interpela a la dirigencia política pero también a la sociedad entera. Su liderazgo no fue el de un hombre de escritorio, sino el de quien se jugó la vida —literalmente— por un proyecto colectivo. Rechazó pactos que lo alejaban de su pueblo, entendió que no había libertad posible si no era también para los de abajo, y construyó poder desde el territorio, desde los cerros, desde la tierra misma que defendía.
¿No es ese el tipo de compromiso que necesitamos hoy? ¿Uno que supere el cálculo electoral, que deje de lado los símbolos vacíos y vuelva a poner en el centro la causa común?
También se recordó a Macacha Güemes, la hermana del general, mujer de coraje y visión política, muchas veces ignorada por la historia oficial. Su figura nos recuerda que la lucha por la independencia no fue sólo de hombres ni sólo de batallas: fue también una gesta de articulación, inteligencia, y resistencia cotidiana, valores que siguen teniendo vigencia.
Mientras avanzan los homenajes hacia la Quebrada de la Horqueta, donde Güemes murió rodeado por sus gauchos, el mensaje es claro: la historia no es un acto, ni una postal para las redes sociales. Es un espejo. Y en ese espejo deberíamos poder ver qué clase de país queremos construir.
Porque honrar a Güemes no es sólo repetir su nombre cada junio. Es asumir que su ejemplo demanda mucho más que palabras: exige coherencia, compromiso y una idea de patria que nos contenga a todos.







Comments