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León XIV, una primera misa marcada por la paz y el legado de Francisco

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En el Vaticano no hay vacío que dure mucho. Apenas unas semanas después del histórico funeral de Francisco, la Plaza de San Pedro volvió a vibrar. Esta vez no fue por despedidas, sino por un nuevo comienzo. León XIV, el primer Papa latinoamericano después del argentino Jorge Mario Bergoglio, celebró su misa de inicio con una señal nítida: no habrá borrón ni cuenta nueva, sino continuidad con matices. Una continuidad con coraje.

Desde el primer instante, el nuevo pontífice se ubicó en la simbólica barca de Pedro con la claridad de quien entiende que su misión no es solo espiritual, sino profundamente política —no partidaria, sino humanamente comprometida—. Sus palabras sobre Gaza, Ucrania y Myanmar no fueron una mera enumeración diplomática. Fueron un mensaje: el Vaticano no se va a silenciar frente al horror.

“En Gaza, los niños, las familias y los ancianos supervivientes están pasando hambre”, dijo León XIV, sin eufemismos. Y agregó que Ucrania es una “martirizada nación que espera, por fin, negociaciones para una paz justa y duradera”. ¿Paz a cualquier precio? No. Paz justa. Paz negociada. Paz con dignidad. Esa distinción no es casual: es la línea exacta que trazó Francisco durante su pontificado, desafiando los poderes del mundo en nombre de los olvidados.

Es imposible no ver en León XIV la huella de su predecesor. Él mismo lo evocó con emoción: “Durante la misa sentí fuertemente la presencia espiritual del papa Francisco, que desde el cielo nos acompaña”, confió. El aplauso espontáneo que siguió a esa frase fue más que homenaje: fue una renovación tácita de un contrato pastoral entre la Iglesia y los pueblos que sufren.

No todo fue gesto simbólico. El Papa permaneció durante más de una hora y veinte minutos saludando a cada una de las 156 delegaciones oficiales que viajaron al Vaticano. Entre ellas, la argentina —con Gerardo Werthein y Sandra Pettovello— tuvo su lugar, aunque sin protagonismo. El contraste con el cariño evidente hacia Perú, país elegido por León XIV, fue tan protocolar como simbólico.

Hubo también momentos de color. El saludo a JD Vance, vicepresidente estadounidense, fue formal, aunque llamó la atención la presencia del hermano del Papa, Louis Prevost, conocido por sus publicaciones pro-Trump. La imagen del pontífice abrazando a un familiar ideológicamente disonante fue una estampa curiosa: el pastor abrazando incluso al que disiente, aunque sin convalidar posturas. Diplomacia espiritual en su máxima expresión.

El desafío: continuidad y renovación

León XIV no tiene la impronta carismática ni la historia de fracturas internas que marcaron los primeros años de Francisco. Pero enfrenta un mundo más polarizado, más descreído, más tentado por los extremos. La elección de sus palabras no fue casual: paz, consuelo, esperanza. Pero también “austeridad”, “testimonio” y “compromiso”. Y el uso constante de una figura central en la teología de Francisco: María como “Estrella del mar”, guía para tiempos turbulentos.

En la geopolítica vaticana, cada silencio y cada palabra pesan. Y León XIV, en su primer día como Papa, eligió hablar. Habló de paz, sí, pero no de una paz abstracta. Habló de justicia, de hambre, de dolor, de política sin disimulo. Habló con la claridad de quien sabe que el mundo espera del Papa no neutralidad, sino misericordia con compromiso.

Así comienza este nuevo pontificado: con los pies en la tierra, el corazón en los márgenes y la mirada puesta, como su predecesor, en el sur del mundo.

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