La Justicia intervino de oficio tras la difusión de un video que muestra una brutal pelea entre estudiantes. La escena, lejos de ser un hecho aislado, es parte de un fenómeno creciente: la violencia juvenil que se viraliza en redes, bajo la peligrosa idea de que “nada pasa” por ser menores de edad.
Una pelea entre adolescentes en plena vía pública en Rosario de Lerma volvió a encender las alarmas. El hecho, registrado en cercanías de un colegio secundario y viralizado a través de redes sociales, motivó la intervención inmediata del fiscal penal de Rosario de Lerma, Daniel Alejandro Escalante, explicó que la intervención busca evitar la reproducción de estos episodios, pero también promover un abordaje integral con participación de la comunidad educativa. “No se trata solo de sancionar, sino de frenar una escalada que ya vemos en otras zonas, donde la violencia se ha vuelto moneda corriente entre jóvenes”, sostuvo.
Las imágenes del enfrentamiento no tardaron en circular por redes sociales y grupos de mensajería, donde estos contenidos —peleas en la calle, hostigamientos en patios escolares, amenazas grabadas con celulares— parecen haberse vuelto una especie de espectáculo cotidiano. En muchos casos, los propios adolescentes los graban, comparten y consumen, sin medir las consecuencias legales o emocionales.
La intervención judicial incluyó entrevistas con padres, docentes y testigos, así como la coordinación con el director del establecimiento escolar, quien se comprometió a desarrollar acciones de concientización puertas adentro. Las chicas que participaron de la pelea ya fueron identificadas y se evalúan medidas socioeducativas.
El problema de fondo
Este episodio es apenas uno más de una larga lista de situaciones similares que se repiten a lo largo del país. La normalización de la violencia escolar, el uso de las redes como vehículo de exposición pública y escarnio, y la falsa idea de impunidad por tratarse de menores de edad, conforman un cóctel peligroso.
Hay una percepción instalada entre algunos jóvenes de que, por ser menores, están exentos de cualquier consecuencia real. Eso no es así. Hay un marco legal que protege sus derechos, pero también impone responsabilidades y prevé medidas correctivas.
El caso también expone otra dimensión crítica: la crisis social y los altos niveles de agresividad que se replican en la convivencia. Lo que antes se resolvía con palabras hoy muchas veces termina en golpes, insultos y escraches públicos.
Además del daño físico, el impacto emocional y psicológico que pueden sufrir los adolescentes involucrados —tanto agresores como víctimas— es profundo y, en muchos casos, duradero. Por eso, la difusión de estos videos también es problemática: no solo revictimiza, sino que puede generar imitaciones y más violencia.
Lejos de buscar castigos ejemplificadores, la intervención judicial y educativa apunta a un cambio cultural que permita reducir la violencia y fortalecer herramientas de resolución pacífica de conflictos. En ese sentido, el caso de Rosario de Lerma es una llamada de atención, no solo para la comunidad educativa, sino para la sociedad en su conjunto.







Comments