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Crece la presión de Caracas sobre ciudadanos estadounidenses

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El deterioro del vínculo entre Estados Unidos y Venezuela empieza a reflejarse con nitidez en un terreno sensible: la libertad de ciudadanos extranjeros. En los meses posteriores al relanzamiento de la presión política, económica y militar de Washington contra el gobierno de Nicolás Maduro, se incrementó la detención de ciudadanos estadounidenses en territorio venezolano, una práctica que en la Casa Blanca ya genera preocupación.

Según fuentes oficiales norteamericanas, al menos cinco ciudadanos estadounidenses permanecen actualmente detenidos en Venezuela. Entre ellos hay tres personas con doble nacionalidad y dos estadounidenses sin vínculos conocidos con el país. Washington evalúa declarar a por lo menos dos de estos casos como detenciones ilegales, una calificación que suele marcar un punto de inflexión diplomático.

La dinámica no es nueva. Desde hace años, el gobierno venezolano utiliza la detención de extranjeros —culpables o no de delitos— como ficha de negociación frente a su principal adversario geopolítico. Esa lógica se interrumpió brevemente a comienzos del segundo mandato de Donald Trump, cuando una ronda de contactos permitió la liberación de 17 ciudadanos estadounidenses y residentes permanentes. Pero el canal se cerró rápidamente.

La suspensión de las negociaciones y el endurecimiento de la postura estadounidense coincidieron con un nuevo repunte de arrestos. El despliegue naval de Estados Unidos en el Caribe, los ataques contra embarcaciones señaladas como narcoenvíos y el bloqueo de buques petroleros venezolanos marcaron el punto de quiebre. Desde entonces, las detenciones volvieron a crecer.

Uno de los casos que concentra mayor atención es el de James Luckey-Lange, un joven viajero estadounidense de 28 años, desaparecido tras ingresar a Venezuela a principios de diciembre. Según fuentes oficiales, se encuentra detenido y podría ser incluido en la lista de ciudadanos retenidos injustamente. Su familia asegura no haber recibido información oficial sobre su paradero.

A estos episodios se suman los relatos de quienes ya recuperaron la libertad. Exdetenidos describieron condiciones de encierro extremas, falta de cargos formales y procesos judiciales opacos. Algunos reconocieron que su detención no respondió a una causa penal concreta, sino a un cálculo político.

En Caracas, el silencio oficial predomina. El gobierno venezolano no respondió a consultas sobre los arrestos ni sobre la situación legal de los detenidos. Tampoco se brindaron precisiones sobre los criterios de detención ni sobre eventuales garantías procesales.

Mientras tanto, la tensión escala sin intermediarios visibles. Para Washington, cada nueva detención refuerza la idea de un uso sistemático de ciudadanos extranjeros como herramienta de presión. Para Caracas, el conflicto con Estados Unidos vuelve a trasladarse al terreno humano, donde las decisiones políticas se pagan con nombres y apellidos.

En ese tablero, los detenidos quedan atrapados en una disputa que los excede, convertidos en señales, advertencias o monedas de cambio de una relación bilateral que vuelve a cerrarse sobre sí misma.

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