Por fin cayó Finca Karina. El nombre no es nuevo. Es más, en la frontera norte del país, basta con mencionar “Finca Karina” para que se levanten cejas, se intercambien miradas y se diga lo obvio: “Todos sabían”. Y eso es precisamente lo que vuelve este operativo tan simbólicamente potente. Porque no se trató sólo de desarticular una organización criminal; se trató de dar un mensaje: el Estado volvió.
Como bien señaló la directora de Seguridad de Fronteras, Virginia Cornejo, en diálogo con Interactiva Noticias: “Finca Karina estaba en la mira desde el comienzo de nuestra actividad”. Y, sin embargo, pasaron años. Años de denuncias, años de silencio, años de sospechas. ¿Qué cambió ahora? Un trabajo de inteligencia y decisión política, dijo Cornejo. Pero también, quizás, una acumulación de impotencia que ya era insoportable.
“Cuando llegamos, la frontera estaba entregada”, lanzó Cornejo sin vueltas. Palabras pesadas, con destinatarios claros. La gestión anterior, la de Alberto Fernández y antes con Cristina Kirchner, es señalada como responsable del desmantelamiento de los sistemas de control, de la desarticulación de los dispositivos de frontera y de permitir —por acción, omisión o connivencia— que estructuras delictivas crecieran como maleza.
El operativo fue contundente: detenidos, grandes cantidades de mercadería incautada, dinero en efectivo, armas y vehículos. Pero el trasfondo es aún más alarmante: violencia creciente, narcoestructura enquistada y bandas que ya no se limitan al narcotráfico sino que diversifican su economía delictiva en contrabando, extorsión y hasta “golpes comando”, como uno que todavía está en la mira de la justicia.
“Muchas veces nos critican porque parece que no actuamos, pero esto es parte de un trabajo de inteligencia”, aclaró Cornejo. Y no es una defensa menor: la ansiedad social por ver resultados inmediatos choca muchas veces con la lentitud calculada que requieren estas investigaciones. Sin embargo, la falta de comunicación estatal durante tanto tiempo generó desconfianza. Y es una deuda que se empieza a saldar con hechos.
Una frontera olvidada (o entregada)
El norte argentino, particularmente Aguas Blancas, ha sido históricamente una zona de permeabilidad legal y moral. Geografía compleja, ríos y cerros como rutas paralelas, y una economía empobrecida que se mezcla con el lucro ilegal. “La frontera fue construida de forma dudosa, hay hoteles, negocios habilitados…”, enumeró Cornejo con asombro y resignación. Un territorio con reglas propias, donde los municipios a veces se confunden con los actores del delito.
Y allí aparece otro punto no menor: la connivencia política. “Se destituyeron intendentes en el norte. Hay otros investigados”, dijo Cornejo on mucha precisión. La frontera no sólo era un agujero físico, era un pozo institucional.
El Plan Güemes y el desafío del futuro
El actual operativo se inscribe dentro del Plan Güemes, una estrategia que busca integrar fuerzas federales y justicia para combatir el narcotráfico y el contrabando. El desafío es enorme. Porque como también alertó Cornejo, ya no se trata de narcos con grandes laboratorios aislados en la selva. Ahora los cárteles están en los barrios, en los jóvenes, en la economía informal, en la complicidad política.
¿Es este el principio del fin? No. Pero es una muestra de que algo se está haciendo, y que hay voluntad de enfrentar estructuras enquistadas. “Buscamos resultados, no declaraciones”, dijo Cornejo. Y esta vez, los resultados hablan.







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