“No me gusta ser autoreferencial”, dijo el senador Juan Carlos Romero mientras se refería, durante más de veinte minutos, a su gestión, sus logros, su familia, sus libros, sus ideas y su legado.
Así comienza el último discurso legislativo de Juan Carlos Romero en el Congreso de la Nación, al anunciar —entre gratitudes, nostalgia y frases de autoayuda política— que no será candidato en el próximo proceso electoral, poniendo fin a casi 40 años de cargos consecutivos ocupados en el Estado. Pero lejos de una despedida sobria, Romero aprovechó la ocasión para realizar un acto de reivindicación personal, en el que los hechos incómodos fueron hábilmente omitidos o maquillados.
Un retiro con tono de prócer
Romero recorrió con autocomplacencia su trayectoria: más de 2.000 proyectos legislativos- muchos de ellos dictados a sus asesores desde su yate navegando por algún lugar del mundo-, superávit fiscal, grandes obras públicas en Salta, y un libro —por supuesto, de su autoría— que tituló como la “transformación” de la provincia. No mencionó, sin embargo, los 5.000 empleados públicos despedidos apenas asumió como gobernador en 1995, ni las denuncias por enriquecimiento ilícito, compra sospechosa de tierras o concesiones irregulares, todas causas que los jueces de aquellos tiempos, finalmente ignoraron.
“No seré candidato”, pero seguiré
“Dejaré el cargo, pero no la política”, dijo. Y agregó que seguirá “opinando” y “acompañando”. La frase parece más una advertencia que una despedida. Incluso reivindicó el poder del silencio y las pausas como formas válidas de acción política. Curioso razonamiento de alguien que vive del Estado desde 1986, sin interrupciones, siempre al frente, sin pausa, sin silencio, y con privilegios.
Uno de los puntos más llamativos de su discurso es la apelación a la “misión cumplida” en su paso por la gobernación. No hubo, claro, ni una mención a la interpretación legal cuestionada que usó en 2003 para acceder a un tercer mandato consecutivo, esquivando el espíritu de la reforma constitucional de 1998. La maniobra fue legal, pero ampliamente criticada como una trampa institucional para perpetuarse en el poder.
Tampoco hizo referencia a los cuestionamientos por su intensa actividad internacional, con viajes frecuentes al exterior que generaron duras críticas por su costo y opacidad. Ni a los beneficios personales, ni a su influencia mediática provincial. En cambio, romantizó su figura como un servidor público incansable, que incluso llama a su equipo los fines de semana para dictar leyes por WhatsApp.
El cierre fue emotivo, casi cinematográfico: agradecimientos a su esposa, a sus hijos, a sus nietos, al equipo, al pueblo, a la historia. Pero no hubo autocrítica, ni una palabra sobre las decisiones más polémicas de su carrera, ni sobre los costos sociales de sus políticas de ajuste, ni sobre las promesas incumplidas en materia institucional.
Romero se va del cargo, pero no del escenario. El discurso fue una puesta en escena calculada, entre melancolía estratégica y épica personal, diseñada para evitar hablar de lo que realmente merece ser evaluado: el uso del poder por décadas, el vaciamiento institucional, y su rol en el deterioro de la credibilidad política.
Como él mismo dijo: ‘la política se alimenta de pausas’… olvidando que también requiere memoria y transparencia, valores que en su discurso y a lo largo de su trayectoria Romero siempre buscó evitar.







Comments