Argentina ya no figura entre los tres países con más inflación del mundo. Con un IPC interanual del 39,4% en junio, quedó relegada al sexto lugar en el ranking global, detrás de naciones en guerra, en colapso o sin moneda. Es una mejora estadística innegable, pero también una postal engañosa si se analiza en profundidad.
Porque si bien salir del “podio de la vergüenza” puede leerse como un triunfo, el verdadero problema no es solo el ranking: es la inflación como fenómeno cotidiano. Esa que erosiona salarios, destruye previsibilidad y convierte al ahorro en una fantasía para millones de argentinos.
¿Una baja real o solo estadística?
La desaceleración es real. Desde el 263% interanual registrado en julio de 2024, bajar a un 39,4% en doce meses es una hazaña técnica. Pero también lo es porque la inflación de hoy se mide sobre una base monstruosa: los precios ya están en lo alto del Everest. Que suban más lento no significa que bajen.
El litro de leche, el alquiler, la zapatilla escolar o el medicamento esencial siguen estando igual de caros —o incluso más— para la mayoría de las familias. El argentino de a pie no festeja el descenso del IPC, porque no lo siente en su bolsillo. Y eso marca la distancia entre la macro que muestran los gráficos y la micro que duele en la calle.
El mundo no es consuelo
Compararnos con Venezuela, Sudán o Zimbabwe —países con hiperinflaciones estructurales, conflictos armados o desintegración económica— no debería tranquilizarnos. Más bien debería preocuparnos que hayamos estado, durante tantos años, tan cerca de esos extremos.
Salir del top 3 no es sinónimo de estabilidad. Ni siquiera de normalidad. La Argentina aún está entre los 10 países con más inflación del planeta. No hay nada que celebrar, salvo el alivio de haber dejado de caer.
¿Y ahora qué?
El gobierno proyecta cerrar 2025 con una inflación del 35,9%. En términos argentinos, sería una buena noticia. En términos internacionales, sigue siendo un dato catastrófico. La mayoría de los países del mundo —incluyendo casi todos los de América Latina— ya discuten cómo consolidar su estabilidad, no cómo frenar la hiperinflación.
Y aunque el oficialismo festeja la desaceleración como un logro de su política de “licuadora fiscal”, el riesgo es claro: si el ajuste no se transforma en inversión, trabajo y producción, el alivio será efímero. Porque toda desinflación sin crecimiento es apenas una pausa antes del próximo sacudón.
Además, como advierten analistas internacionales, la estabilidad en los precios es frágil si se sostiene solo en represión del consumo o atraso cambiario, dos herramientas que pueden revertirse con un solo evento político, financiero o electoral.
No alcanza con no estar peor
Salir del podio de los peores no nos convierte automáticamente en un país normal. La verdadera meta no es dejar de ser los más inflacionarios del mundo, sino convertirnos en una economía previsible, donde las decisiones de hoy no dependan del dólar de mañana.
Ese camino aún está lejos. La inflación sigue siendo un impuesto injusto que golpea más fuerte a los que menos tienen. Y aunque la curva baje, la sensación de que todo está caro y que todo puede empeorar mañana sigue intacta. El desafío no es técnico, es político, estructural y social.
La inflación no se combate con rankings, sino con estabilidad real, con instituciones fuertes, con reglas claras y con un Estado que gaste lo justo y funcione donde debe. Salimos del podio, sí. Pero estamos muy lejos de llegar al podio que importa: el del desarrollo, la equidad y la confianza.







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