En una ciudad con necesidades prioritarias, cuesta entender cómo algunos concejales encuentran tiempo —y energía política— para enfocarse en algo que absolutamente nadie pidió: cambiar el escudo de la ciudad.
En el Concejo Deliberante hay quienes creen que lo urgente es rediseñar un símbolo heráldico. Como si ese gesto simbólico tuviera algún poder reparador frente al deterioro estructural de décadas que vive la ciudad de Salta.
La propuesta proviene de la concejal Inés Bennassar, quien impulsa un concurso para reemplazar el escudo municipal por otro que —según su interpretación— represente mejor la identidad y los valores actuales de la ciudad. Pero cuando la política pierde contacto con la calle, suceden estas cosas: se discute lo decorativo mientras se descuida lo esencial.
El ex presidente del Concejo Deliberante y experto en temas municipales, César Álvarez, fue contundente al ser consultado sobre este proyecto:
“¿Qué se puede decir en contra de un escudo que tiene 500 años y que nos representa perfectamente bien? Por favor! Hagan cosas que tengan que ver con la necesidad de tener un mejor municipio.”
La frase encierra mucho más que una crítica puntual. Es una declaración de sentido común en un tiempo donde ese sentido parece escasear. Porque no se trata sólo del escudo: se trata de las prioridades.
Bennassar y sus colegas de la Comisión de Cultura afirman que hay que “modernizar los símbolos”. Pero los vecinos, los que viven lejos del microcentro y del marketing institucional, lo que piden es modernizar los servicios, el transporte, la limpieza, la seguridad. Y eso no se logra con un concurso de diseño.
Se podrá argumentar que todo símbolo es perfectible. Y hasta puede ser cierto. Pero en este momento —cuando Salta necesita obras, soluciones, respuestas urgentes— discutir un cambio de escudo no es un acto de revisión histórica: es un gesto de desubicación política.
Hay algo más profundo en esta desconexión. Una especie de escapismo institucional donde algunos buscan refugio en gestos simbólicos para evitar hacerse cargo de lo que sí deberían estar resolviendo. Cambiar el escudo puede generar titulares. Tapar baches, gestionar cloacas o garantizar servicios no tiene glamour, pero mejora vidas.
La política no es semiótica. Es gestión. Es saber que cada minuto, cada peso, cada decisión debe estar enfocada en resolver problemas reales. El resto es entretenimiento estético, cuando no maquillaje ideológico.
César Álvarez también recordó que ya se han borrado nombres históricos —como el de la avenida Virrey Toledo— en un intento forzado por resignificar sin consenso y le pusieron un nombre tibio: Bicentenario. “La mitad de la historia puede ser una cosa y la otra mitad, otra. Pero está presente. Fue parte de esta ciudad. Estaba ahí, era parte del barrio y de sus vecinos”, afirmó con lucidez.
Y tiene razón: la historia no se borra, se comprende. Y si se revisa, debe hacerse con rigor, con participación real, y sobre todo, con sentido de oportunidad.
Cambiar el escudo hoy, cuando todo urge, no es ni innovador ni transformador. Es, sencillamente, una pérdida de tiempo. Un debate que no cambia nada y que revela lo lejos que están algunos representantes de la realidad que viven sus representados.
En resumen, como bien dijo Álvarez:
“Por favor, hagan cosas que tengan que ver con la necesidad de tener un mejor municipio.”
Lo demás es papel pintado.







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