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Generación angustia: los jóvenes argentinos y la urgencia silenciosa de la salud mental

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Por más que la inflación baje, los jóvenes argentinos siguen cargando una deuda pesada: su salud mental. Según el informe global The Mental State of the World in 2024, el 41% de las personas de entre 18 y 34 años en Argentina se siente angustiada o directamente “luchando por funcionar”. El país se ubica así en una zona crítica, junto con otras naciones de América Latina, en una tendencia preocupante que pone en el centro del debate una nueva pandemia: la del malestar emocional.

Lo más llamativo del estudio no es sólo el número —alarmante por donde se lo mire—, sino la brecha con los adultos mayores, quienes presentan indicadores más saludables. En un país golpeado por años de crisis económicas, alta incertidumbre y cambios sociales vertiginosos, las generaciones más jóvenes parecen estar pagando el precio con su equilibrio psicológico.

Este deterioro mental no es exclusivo de Argentina, pero aquí encuentra un terreno fértil: inseguridad laboral, dificultades de acceso a la vivienda, educación cada vez más exigente pero con menos garantías, redes sociales como campo de batalla emocional, y un sistema de salud mental colapsado o inaccesible para muchos. La lista de factores estructurales es extensa y compleja.

Los datos del Global Mind Project, reforzados por encuestas locales como la del Observatorio de Psicología Social de la UBA, dibujan un escenario claro: la angustia no es un fenómeno anecdótico, sino una condición que afecta el funcionamiento diario. Dormir mal, comer sin regularidad, sentir que no se llega a nada. Y cuando el malestar se normaliza, se vuelve invisible, y por tanto, ignorado.

Desde el mundo del trabajo, los datos no son mucho más alentadores. El síndrome de burnout afecta a más del 60% de los empleados, y aunque el modelo híbrido muestra beneficios concretos en términos de bienestar y productividad, no alcanza a cubrir el déficit emocional de fondo. Ni la flexibilidad laboral ni los espacios de coworking pueden reemplazar lo que se necesita con urgencia: contención real, políticas públicas robustas y acceso equitativo a servicios de salud mental.

La reacción, sin embargo, existe. Organizaciones como Chicos.net y Save the Children proponen desconectarse para reconectar. Otras empresas rediseñan sus culturas internas para priorizar el cuidado emocional. Pero son esfuerzos fragmentarios en un mar de necesidades crecientes.

Hablar de salud mental ya no es tabú, pero tampoco es suficiente. La Argentina necesita transformar la conciencia en acción sostenida, el diagnóstico en política, y el bienestar en prioridad. Porque una generación que vive angustiada no puede construir un país mejor, ni para ellos ni para los que vienen.

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