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“Los cargos pasan”: La fuerte advertencia de Cargnello a la dirigencia política

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El Tedeum del 25 de Mayo en Salta dejó mucho más que una ceremonia religiosa. En una Catedral Basílica atravesada por las ausencias políticas y el clima de tensión social que vive el país, el arzobispo Mario Cargnello convirtió su homilía en un mensaje directo al poder, con críticas al personalismo, llamados al bien común y una frase que resonó con fuerza entre los presentes: “Los cargos pasan”.

La postal política fue imposible de ignorar. La representación oficial fue mínima y el vacío institucional terminó amplificando todavía más cada palabra pronunciada desde el altar.

Lejos de un discurso protocolar o puramente religioso, Cargnello habló del momento político que atraviesa la Argentina y de una dirigencia que, según dejó entrever, muchas veces parece más concentrada en conservar espacios de poder que en construir una sociedad más justa.

“La Nación no puede construirse a medida del que gobierna”, sostuvo el arzobispo, al cuestionar los liderazgos que se sienten dueños del destino colectivo.

Pero el mensaje más profundo apareció cuando reflexionó sobre el sentido transitorio del poder. “Todo pasa”, afirmó, incluyendo también a la propia Iglesia dentro de esa lógica. Y agregó que los cargos y responsabilidades son apenas una oportunidad para hacer el bien, no privilegios permanentes ni herramientas para imponer proyectos personales.

En tiempos donde la política nacional se mueve entre enfrentamientos permanentes, agravios y discursos cada vez más extremos, Cargnello pidió recuperar algo que considera esencial: la capacidad de ver al otro como parte de una misma comunidad y no como enemigo.

“Necesitamos personas que sepan que quienes tienen enfrente no son enemigos”, expresó.

La homilía también tuvo un fuerte contenido social. Retomando conceptos impulsados por el papa Francisco, insistió en la idea del bien común y advirtió que ninguna sociedad puede sostenerse si crece la lógica del individualismo y la exclusión.

“La tierra es para todos”, señaló, en otra frase que sonó como un cuestionamiento a la fragmentación social y política que atraviesa al país.

Además, dejó un mensaje incómodo para quienes toman decisiones en tiempos de ajuste y crisis económica. “Si tenemos que pedir sacrificios, es importante que demos el ejemplo con nuestro propio sacrificio”, afirmó, apuntando a una demanda social cada vez más visible: que la dirigencia también asuma costos y responsabilidades.

La escena final dejó una imagen simbólica. Mientras gran parte de la dirigencia política decidió ausentarse del principal acto patrio religioso, fue la Iglesia la que terminó marcando el tono del debate público en Salta.

Y lo hizo recordando algo que muchas veces la política parece olvidar: que el poder es transitorio, que los cargos no son eternos y que las sociedades terminan recordando mucho más cómo se gobernó que cuánto tiempo se ocupó un despacho.

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