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El bloque del PJ cruje en el Senado y Cristina ya no logra ordenar a los propios

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El kirchnerismo atraviesa una de sus crisis más profundas en el Senado. Lo que durante años funcionó como un bloque disciplinado detrás de la conducción de Cristina Fernández de Kirchner hoy muestra fisuras abiertas, reproches internos y un dato político que en el peronismo nadie se anima ya a minimizar: la expresidenta perdió capacidad de control sobre buena parte de sus propios senadores.

La señal más contundente apareció durante la votación vinculada al camarista Carlos Mahiques. Apenas 11 de los 25 integrantes del interbloque peronista acompañaron la postura impulsada por el kirchnerismo duro para rechazar su continuidad. El número cayó como una bomba dentro del PJ porque expuso algo más profundo que una diferencia parlamentaria: el relato del lawfare ya no ordena automáticamente al bloque como antes.

En los pasillos del Senado la frase empezó a repetirse casi como una sentencia política: “Algo se rompió”.

Y lo que parece haberse roto no es sólo la conducción del formoseño José Mayans, sino también el liderazgo de Cristina Kirchner desde su prisión domiciliaria.

Durante años, el Senado fue el principal refugio de poder del kirchnerismo. Allí conservaba capacidad de presión, bloqueo y negociación, especialmente sobre temas sensibles como la Corte Suprema. Pero hoy ese esquema aparece debilitado. Con menos de una docena de senadores plenamente alineados, Cristina quedó lejos de reunir el tercio necesario para condicionar futuras designaciones judiciales.

El lado menos visible de la crisis no está únicamente en los votos. Está en el desgaste interno acumulado.

Dentro del bloque crecen las críticas contra Mayans, a quien varios senadores acusan de haber perdido capacidad de conducción y de estar más concentrado en otras disputas que en sostener el funcionamiento político de la bancada.

Las diferencias dejaron de esconderse incluso entre dirigentes históricamente cercanos. La relación entre Mayans y Anabel Fernández Sagasti atraviesa uno de sus peores momentos después del fracaso en la designación de la Defensoría del Niño. La discusión incluyó reproches internos, tensiones ideológicas y una escena que en el Senado leyeron como símbolo del quiebre: Sagasti abandonó la banca que ocupaba desde hace años junto al jefe del bloque y se trasladó al fondo del recinto.

Detrás de esa disputa aparece además otra fractura silenciosa dentro del peronismo: la pelea entre sectores “verdes” y “celestes”, una grieta que nunca terminó de cerrarse desde el debate por el aborto.

Pero hay algo más incómodo para el kirchnerismo: muchos senadores comenzaron a leer el escenario político con lógica de supervivencia propia. Ya no todos están dispuestos a quedar atados a una conducción que consideran desgastada electoral y judicialmente.

En privado, algunos legisladores admiten que empezó un proceso de “despegue gradual” de Cristina Kirchner. Nadie lo plantea todavía de manera frontal, pero las votaciones empiezan a mostrarlo.

La paradoja es fuerte: mientras el kirchnerismo insiste públicamente en sostener una narrativa de resistencia y persecución judicial, dentro del Senado varios dirigentes ya discuten cómo construir una etapa posterior.

Y en política, cuando un liderazgo deja de ordenar incluso a los propios, el problema rara vez se limita a una votación.

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