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Navidad en Olivos y Presupuesto en vilo: Milei gobierna entre el ritual íntimo y la cuenta regresiva

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Javier Milei eligió cerrar el año lejos del ruido público, pero no del poder. Pasará la Navidad en la Quinta de Olivos, junto a su hermana Karina, después de un asado con ministros que funcionó como balance político y gesto de cohesión interna. Puertas adentro, regalos ideológicos —un libro de Walter Block—; puertas afuera, una negociación clave que no admite brindis largos: el Presupuesto 2026.

El dato sobresaliente no es doméstico, sino institucional. El Gobierno apuesta a iniciar la segunda mitad del mandato con la ley de gastos sancionada, lo que sería su primer triunfo legislativo sostenido tras meses de bloqueos, concesiones y retrocesos tácticos. La oposición complicó el camino, y el oficialismo aprendió —a veces a los empujones— que sin votos no hay dogma que alcance.

Mientras el Presidente se mantiene en Olivos, el operativo político se despliega en el Senado. Patricia Bullrich y Diego Santilli ajustan contactos; la consigna es simple y férrea: nadie se va de viaje sin garantizar presencia en el recinto. El margen es mínimo. Cualquier cambio al texto devuelve el proyecto a Diputados y abre un final incierto que el Gobierno no quiere ni puede permitirse, sobre todo por el impacto que tendría en el crédito internacional.

En paralelo, Milei vuelve a subrayar su identidad personal. No celebrará la Navidad cristiana: optó por Jánuca, coherente con su acercamiento al judaísmo y con una conversión que, admite, deberá esperar. La política impone horarios; la fe, procesos. El Presidente lo sabe y lo dice.

El oficialismo cedió donde dolía —universidades y discapacidad— para salvar el todo. No es una renuncia ideológica: es supervivencia legislativa. El viernes será el día decisivo. Si el Presupuesto se aprueba, Milei habrá demostrado que también sabe gobernar el tiempo lento del Congreso. Si no, la Navidad en Olivos quedará como una pausa frágil antes de un enero cuesta arriba.

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