En política, a veces los gestos valen más que los discursos. Y Javier Milei lo sabe. Lo que ocurrió durante el Tedeum del 25 de Mayo en la Catedral Metropolitana fue mucho más que una omisión de cortesía. Fue un mensaje, crudo y deliberado, transmitido con una frialdad quirúrgica: “Roma no paga traidores”, escribió después en sus redes, blanqueando sin filtros lo que en otros gobiernos apenas habría sido una tensión disimulada.
El saludo negado al jefe de Gobierno porteño, Jorge Macri, y a la vicepresidenta Victoria Villarruel, no fue un olvido ni una distracción. Fue una decisión. En política, no saludar en un acto institucional como el Tedeum no es un desliz: es un posicionamiento. Frente a las cámaras, ante el país, en plena fecha patria.
Lo que hasta hace unos meses eran señales sutiles, hoy es una ruptura evidente. Con Villarruel, la relación personal y política se encuentra en un punto muerto. Las diferencias ya no se maquillan ni se esconden. La vicepresidenta fue corrida de los espacios centrales del Gobierno, sin presencia en actos clave y con mensajes cruzados cada vez más expuestos.
Lo de Jorge Macri, en cambio, es más reciente pero igual de claro. El Presidente no perdona las críticas internas, ni mucho menos las alianzas tentativas con otros espacios opositores. Lo castiga no solo con palabras, sino con la que quizás sea la herramienta más efectiva de la nueva política: el escarnio público amplificado en redes.
La lógica libertaria del todo o nada
El mileísmo gobierna no solo con reformas económicas y ajuste fiscal, sino con un estilo: el de la lealtad absoluta. Para Javier Milei, quien no está “adentro” está completamente “afuera”. Y no hay espacio para matices. Ni en el Gabinete, ni en el Senado, ni en la política porteña. El Tedeum fue una postal de ese modelo de convivencia política: binario, emocional y sin escalas.
El problema es que en una república, la convivencia política no es un gesto de cortesía: es una necesidad institucional. Gobernar no es solo imponer proyectos, sino también negociar, contener y construir mayorías. La imagen del Presidente ignorando a su vicepresidenta en la Catedral y luego justificándolo con insultos en redes, exhibe una forma de ejercer el poder que, para muchos, empieza a levantar señales de preocupación más allá del círculo rojo.
Villarruel, entre el pragmatismo y el margen
La respuesta de Victoria Villarruel fue breve pero elocuente: “Yo siempre saludo”. En esa frase, simple pero firme, se esconde una voluntad de mantener su perfil institucional pese a los desplantes. La vice optó por la templanza antes que el enfrentamiento, acaso consciente de que una escalada abierta no la beneficiaría.
Sin embargo, su silencio también tiene límites. El malestar interno en el Senado crece y los senadores afines ya no ocultan su incomodidad por la exclusión. En un escenario sin puentes, Villarruel podría convertirse en un actor de peso en la reconfiguración de los equilibrios de poder dentro del oficialismo.
¿Y Jorge Macri?
El jefe de Gobierno porteño quedó en el medio de una batalla ajena, pero no menor. Su gesto irónico tras el desplante mostró que el PRO ya no se siente obligado a tolerar humillaciones. La tensión con Patricia Bullrich por la disputa de liderazgos, la pelea por los votos porteños y el avance de La Libertad Avanza sobre territorio macrista, son el telón de fondo del desaire presidencial.
El problema de Milei con Macri es más profundo que un simple desacuerdo. Es una competencia de poder entre dos derechas: una clásica, institucional y territorial (la del PRO); otra disruptiva, mediática y personalista (la del libertarismo). El saludo ausente es solo un capítulo de ese enfrentamiento.
El costo de los gestos
Milei no oculta sus enemistades. Las escenifica. El problema es que, en política, los gestos también construyen realidad. Y el poder que no se comparte, se debilita. Negar un saludo no derrumba un gobierno, pero puede desgastar una coalición. Y sin acuerdos, las reformas –incluso las más necesarias– difícilmente prosperan.
En una Argentina herida por la grieta, con una economía que aún no despega y con una ciudadanía cada vez más escéptica, gobernar también implica saber cuándo ceder, cuándo sumar, y cuándo mirar a los ojos a quien piensa distinto. Porque el futuro no se construye solo con épica, sino también con madurez.







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