El nombre La Flia remite a lo cercano, lo cotidiano, lo comunitario. Y en efecto, eso representa esta recicladora salteña que, sin grandes alardes, maneja más de 13.000 toneladas de residuos al año. Su trabajo, vital para el ambiente pero muchas veces invisibilizado, fue finalmente reconocido esta semana cuando sus representantes fueron recibidos por el ministro de Gobierno, Derechos Humanos y Trabajo, Ricardo Villada.
El encuentro no fue solo protocolar: La Flia presentó el proyecto PETSALTA+, una propuesta ambiciosa que apunta a reducir el impacto ambiental de los residuos plásticos —especialmente el PET— y avanzar hacia un modelo de economía circular con participación comunitaria. En tiempos donde el cambio climático ya no es un pronóstico, sino una realidad, propuestas como esta deberían dejar de ser periféricas para ocupar el centro del debate político.
Villada fue claro: “Las recicladoras son clave para el futuro de nuestras ciudades, ya que no sólo mejoran el entorno natural, sino que también generan empleo y promueven una economía circular sostenible.” No es retórica vacía. La Flia no sólo recicla cartón, papel, plástico, vidrio y metales en volúmenes industriales; también crea trabajo, conciencia y una nueva cultura del descarte.
En una provincia que todavía enfrenta serios desafíos en materia de gestión de residuos, infraestructura urbana y desarrollo sustentable, apoyar proyectos como PETSALTA+ no debería ser un gesto de buena voluntad sino una política de Estado. La transición hacia un modelo circular requiere algo más que voluntad individual: necesita planificación, inversión y articulación intersectorial.
Pero el ejemplo de La Flia también revela algo más profundo: cómo el trabajo comunitario puede anticiparse al Estado, mostrarle el camino y, a veces, incluso hacerle preguntas incómodas. ¿Cuánto se invierte en reciclaje en Salta? ¿Qué políticas efectivas existen para reducir el consumo de plásticos de un solo uso? ¿Cuántas cooperativas reciben apoyo técnico y financiero sostenido?
El desafío ya no es solo separar residuos, sino repensar el sistema de producción, consumo y descarte. La Flia lo entendió hace tiempo. Ojalá el Estado lo entienda también, no solo con reuniones, sino con políticas transformadoras.







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