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Milei abrió el año legislativo sin agenda y con la confrontación como mensaje

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La apertura del 144° período de sesiones ordinarias del Congreso dejó una certeza política más fuerte que cualquier anuncio: el presidente Javier Milei eligió la confrontación como método y relegó la agenda legislativa concreta a un segundo plano. Durante casi dos horas de discurso ante la Asamblea Legislativa, el jefe de Estado convirtió un acto institucional clave en un escenario de reafirmación identitaria, ataques directos y mensajes disciplinadores dirigidos tanto a la oposición como a sectores del empresariado.

Lejos de presentar una hoja de ruta detallada para el año parlamentario, Milei volvió a apoyarse en un tono combativo, cargado de descalificaciones, ironías y consignas dirigidas a su núcleo duro. El Congreso —que constitucionalmente funciona como ámbito de diálogo, deliberación y construcción de consensos— fue utilizado como tribuna política, en una escena que osciló entre el acto partidario y el duelo verbal con una oposición reducida en número pero funcional al clima de confrontación.

Un discurso sin anuncios inmediatos

El Presidente evitó compromisos precisos. No hubo fechas, plazos ni proyectos concretos para el corto plazo. Las reformas anunciadas quedaron enunciadas apenas como títulos: modificaciones al Código Civil y Comercial, cambios en la legislación de defensa del consumidor, una reforma del Código Aduanero y una “reforma integral” del sistema electoral y del financiamiento de los partidos políticos. Nada más. La promesa fue un año de reformas; el contenido, una incógnita.

La ausencia de anuncios contrastó con el contexto económico y social. Mientras los indicadores oficiales muestran caída del empleo y cierre de empresas, Milei sostuvo que el desempleo bajó y defendió la apertura económica. No hubo referencias directas a los despidos acumulados ni al impacto social de los ajustes en curso. Tampoco mencionó situaciones sensibles de la agenda pública que atravesaron el último año y siguen abiertas.

El enemigo como eje del relato

El núcleo del mensaje volvió a ser la confrontación con el kirchnerismo. Milei apeló a un repertorio de agravios ya conocidos —“corruptos”, “golpistas”, “ladrones”— y sostuvo que la dirigencia opositora representa un modelo “empobrecedor”. En uno de los pasajes más duros, aludió a la situación judicial de Cristina Kirchner, a quien mencionó como símbolo de un ciclo político que, según afirmó, está terminado.

Desde las bancas opositoras respondieron con gritos y gestos. Nadie se retiró del recinto. El intercambio, lejos de incomodar al Presidente, pareció reforzar el clima buscado: un enfrentamiento permanente que convierte cada instancia institucional en un capítulo más de la disputa política.

Empresarios bajo la lupa

Uno de los rasgos distintivos del discurso fue la dureza con la que Milei se refirió a sectores del empresariado. Sin nombrarlos explícitamente, apuntó contra grupos a los que acusó de ser “amigos del poder” durante los gobiernos kirchneristas. Las alusiones a la licitación de tubos de acero para el gasoducto de Vaca Muerta y al cierre de la planta de Fate dejaron en evidencia referencias a compañías como Techint y Aluar.

El mensaje fue claro: políticos y empresarios fueron ubicados en el mismo plano de responsabilidad por la corrupción y las distorsiones económicas del pasado. Para un presidente que se define liberal y defensor del mercado, la señal no pasó inadvertida. Milei marcó límites, expuso tensiones y dejó en claro que no habrá concesiones a sectores privados que, a su juicio, busquen privilegios.

El respaldo externo como argumento

En política exterior, el Presidente volvió a reivindicar su alineamiento con Estados Unidos y destacó su vínculo personal con Donald Trump. Incluso sostuvo que el apoyo recibido desde Washington durante momentos de inestabilidad cambiaria respondió más a una defensa política que a razones económicas. La afirmación, cargada de simbolismo, reforzó su narrativa de “asedio” interno y respaldo externo.

Un Congreso relegado

Más allá de los aplausos, las chicanas y los cruces, la escena dejó una lectura institucional de fondo: el Congreso apareció como un escenario secundario, sin protagonismo en la definición de la agenda y sin señales claras de negociación futura. Milei no convocó al diálogo ni tendió puentes. El mensaje fue vertical y unidireccional.

Al cerrar su discurso, el Presidente habló de “un cambio de época” y de “la moral como política de Estado”. Sin embargo, el contraste entre la magnitud del acto y la escasez de definiciones concretas dejó flotando una pregunta central: cómo se traducirá esa retórica en leyes, acuerdos y políticas públicas en un Parlamento fragmentado.

La apertura de sesiones dejó así una imagen nítida: un Presidente que reafirma su identidad política, profundiza la confrontación y posterga la construcción de una agenda legislativa precisa. El mensaje fue potente; la hoja de ruta, todavía difusa.

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