La detención de Nicolás Maduro no fue el final de una etapa, sino el inicio de otra, mucho más incierta. En un operativo militar sin antecedentes recientes en América Latina, Estados Unidos no solo extrajo al líder chavista del poder: anunció que asumirá la conducción de Venezuela hasta definir una transición política, una definición que reconfigura el mapa regional y abre un escenario de alcance imprevisible.
Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, fueron capturados durante la madrugada en Caracas, dentro de una base militar, y evacuados en helicóptero hacia un buque de guerra estadounidense. Desde allí fueron trasladados a Nueva York, donde quedaron detenidos para enfrentar cargos federales por conspiración de narcoterrorismo y tráfico internacional de drogas. Las imágenes difundidas por Donald Trump —el expresidente esposado, vendado y bajo custodia— funcionaron como mensaje político tanto hacia el interior de Venezuela como hacia la comunidad internacional.
El operativo, denominado “Determinación Absoluta”, fue ejecutado por fuerzas especiales estadounidenses tras meses de inteligencia y seguimiento. Participaron alrededor de 150 aeronaves, se desactivaron defensas aéreas y se produjeron explosiones en puntos estratégicos de Caracas y otras ciudades. Washington admitió heridos entre sus tropas; el chavismo denunció víctimas civiles y militares, aunque sin cifras oficiales confirmadas.
Horas después, Trump dio el paso más delicado: anunció que Estados Unidos dirigirá Venezuela “hasta que se logre una transición segura y adecuada”, sin plazos ni liderazgos definidos. También advirtió que las fuerzas norteamericanas están preparadas para nuevas acciones si la situación lo requiere y anticipó que empresas estadounidenses intervendrán la infraestructura petrolera para reactivar la economía y financiar la reconstrucción del país.
El vacío de poder abrió una disputa inmediata. Delcy Rodríguez se proclamó presidenta interina, denunció una invasión extranjera y decretó el estado de excepción. Desde el exterior, María Corina Machado reclamó el reconocimiento internacional de Edmundo González Urrutia como presidente electo y llamó a hacer cumplir el mandato opositor. Trump, en cambio, descartó a Machado como figura de consenso y confirmó contactos con sectores del oficialismo, un dato que tensiona aún más el escenario interno.
En el plano judicial, la fiscal general Pam Bondi confirmó nuevas imputaciones contra Maduro, Flores y su hijo en el Distrito Sur de Nueva York. La acusación sostiene que el poder en Venezuela fue utilizado como plataforma para el narcotráfico internacional, retomando y ampliando causas abiertas desde 2020.
La reacción internacional fue inmediata y dividida. Javier Milei celebró la salida de Maduro y habló del “fin de un dictador”. Luiz Inácio Lula da Silva condenó la intervención y advirtió sobre un precedente grave para la soberanía regional. A pedido de Colombia, el Consejo de Seguridad de la ONU convocó a una reunión urgente.
Mientras en Caracas conviven el silencio, el temor y las movilizaciones cruzadas, y la diáspora venezolana celebra en distintas capitales del mundo, la clave ya no está en la caída de Maduro, sino en lo que viene después. Por primera vez en décadas, Washington no solo intervino: anunció que tomará las riendas. El resultado de esa decisión marcará no solo el futuro de Venezuela, sino el equilibrio político de toda la región.







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