Justicia y Seguridad

Alcohol al volante y justificaciones insólitas: Las reacciones ante los controles de Año Nuevo en CABA

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Los controles de alcoholemia realizados durante los festejos de Año Nuevo en la Ciudad de Buenos Aires dejaron una postal conocida pero no por eso menos reveladora: frente al resultado positivo del test, muchos conductores apelaron a una batería de excusas para intentar eludir la sanción. Desde argumentos médicos hasta gestos de resignación absoluta, las reacciones expusieron, una vez más, la dificultad de asumir la responsabilidad de manejar después de beber.

Entre la noche del 31 de diciembre y la madrugada del 1° de enero, el Gobierno porteño desplegó operativos en distintos puntos estratégicos de la Ciudad. En total se realizaron más de cinco mil testeos y 38 conductores dieron positivo. A todos se les retuvo la licencia y el vehículo fue remitido a una playa de acarreo, conforme a la normativa vigente.

Las cámaras que registraron los operativos —en muchos casos grabadas por los propios agentes de tránsito— captaron escenas que se repitieron a lo largo de la noche. Antes de soplar el etilómetro, algunos conductores intentaron anticiparse al resultado con explicaciones que buscaban relativizar el consumo de alcohol.

“Me operaron del pulmón y me falta uno”, dijo un hombre, en un intento de justificar una posible dificultad para realizar la prueba. La respuesta del personal fue técnica y sin margen para interpretaciones: le indicaron cómo colocarse, cómo respirar y proceder. El resultado fue claro: 0,62 gramos de alcohol por litro de sangre. El conductor y sus acompañantes continuaron a pie.

En otro control, una mujer que circulaba con su beba admitió haber brindado con vino y una bebida frutal. Dio positivo con 0,97 g/l. Antes, había intentado explicar que transportaba a una persona lesionada. La agente le recordó que conducir bajo los efectos del alcohol no solo pone en riesgo su vida, sino también la de terceros, en especial la de una menor.

También hubo lugar para la resignación sin rodeos. “Sáquenme el auto, ya está”, dijo un conductor antes incluso de soplar la pipeta. El test confirmó 1,75 g/l. Sin discusiones ni pretextos, aceptó el procedimiento administrativo que siguió al control.

Según datos oficiales, el dosaje más alto detectado durante los operativos fue de 2,62 g/l. Doce conductores superaron el 1 g/l, lo que implica inhabilitaciones de hasta dos años, mientras que otros 26 registraron valores entre 0,5 y 0,99 g/l.

Desde el Gobierno porteño destacaron que la tasa de positividad fue del 0,77%, por debajo del promedio anual. Sin embargo, más allá de la estadística, los controles volvieron a mostrar un patrón que se repite: cuando el alcohol está de por medio, las excusas aparecen antes que la autocrítica.

Los operativos de alcoholemia buscan reducir siniestros viales y muertes evitables. Las cifras oficiales indican que una de cada cinco muertes en el tránsito está vinculada al consumo de alcohol. Frente a ese dato, las justificaciones pierden peso. El test no admite interpretaciones: soplar, medir y asumir las consecuencias.

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