Claudio “Chiqui” Tapia, presidente de la AFA, atraviesa un escenario tan delicado como fascinante: protegido por los poderosos del fútbol, cuestionado por la gente y vigilado por la Justicia.
En apenas diez días, el humor del público futbolero cambió radicalmente. Lo que parecía una rutina más en la política de clubes se transformó en un escándalo que mezcla arbitrajes sospechosos, premios otorgados a dedo y sanciones controvertidas. Rosario Central se consagró campeón por decisión administrativa, generando un rechazo masivo que traspasó tribunas, redes sociales y hasta recitales.
Tapia, fiel a su estilo, no titubeó. Rodeado de sus leales, defendió el galardón y reforzó su autoridad corporativa, transformando la palabra del presidente en “palabra santa”. Pero el impacto trascendió al fútbol: la Justicia comenzó a investigar vínculos con Sur Finanzas, la financiera del cuestionado Maximiliano Ariel Vallejo. Aunque la AFA insiste en minimizar el riesgo alegando que no hay contratos firmados, la preocupación crece entre dirigentes y socios. Se allanan clubes, se examinan flujos de dinero, y el Comandante sabe que su flanco judicial es su verdadera vulnerabilidad.
En paralelo, Tapia recibió un espaldarazo internacional: la Conmebol lo ratificó como representante ante la FIFA, y Gianni Infantino le envió felicitaciones públicas y privadas. Ese apoyo global le brinda un escudo casi impenetrable, reforzado por la admiración que despierta la selección nacional y Lionel Messi. “Si tocan a Chiqui, tocan a la Conmebol y a la FIFA”, parece ser el mensaje implícito. En Argentina, sin embargo, las tribunas no perdonan y los cánticos en su contra son cada vez más sonoros.
La política también interviene. Javier Milei y Patricia Bullrich optaron por estrategias distintas: mientras Milei busca capitalizar políticamente la indignación sin enfrentarse directamente a Tapia, Bullrich prometió investigar la transparencia de la AFA. El Gobierno, por su parte, observa con cautela: no quiere repetir errores del pasado, como la intervención de 2016, que puso en riesgo a la selección y la relación con la FIFA.
El poder de Tapia no surge solo de su autoridad formal: es un maestro del corporativismo y de las alianzas estratégicas. Desde su vínculo con Hugo Moyano hasta su relación con Axel Kicillof y Sergio Massa, ha tejido una red que abarca política y territorio. La AFA rebautizó el Estadio Único de La Plata como “Diego Armando Maradona – Tricampeones del Mundo”, cerrando la puerta a auditorías externas. Sus favores a los dirigentes, el control sobre árbitros y la cercanía con los jugadores de la selección le aseguran estabilidad interna, aunque el descontento social crezca.
La disputa por la AFA expone un conflicto mayor: la manipulación de la pasión argentina. Hoy, los campeonatos son cuestionados, los árbitros sospechados y los clubes vigilados. La gestión Tapia, entre la impunidad global y la crítica local, revela una realidad inquietante: en el fútbol argentino, la ilusión se negocia y la justicia observa desde afuera. Mientras el Comandante navega entre el aplauso internacional y los silbidos de las tribunas, el fútbol nacional se enfrenta a un espejo distorsionado de su propia pasión.







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