En un escenario atravesado por la fe, la esperanza y la tensión política, el arzobispo de Salta, Mario Antonio Cargnello, utilizó el acto central del Milagro para hacer lo que pocos hacen: elevar un reclamo ético y social sin vueltas, con nombre y destinatario implícito.
Desde el altar montado en el Monumento 20 de Febrero, y antes de que miles de fieles renovaran su Pacto de Fidelidad al Señor y la Virgen del Milagro, Cargnello disparó con claridad:
“Basta de insultos. Nuestro pueblo merece ver que nuestros dirigentes se respetan. Lo necesitamos.”
No fue una frase al pasar. Fue el corazón de una homilía que apuntó directamente a la clase dirigente, en medio de una campaña electoral crispada, marcada por los ataques personales, la violencia verbal y el oportunismo político.
Cargnello no solo hizo un llamado al respeto entre los políticos. Pidió un cambio cultural y moral en toda la sociedad. Desde las familias hasta las instituciones.
“Estamos llamados a vivir el éxodo que nos lleva desde el insulto al buen trato, del odio al amor, de la venganza al perdón, del egoísmo al servicio.”
Insistió en que la esperanza no es ingenuidad, sino compromiso cotidiano, y vinculó el mensaje evangélico con los desafíos actuales: las adicciones, la pobreza estructural, la falta de oportunidades para los jóvenes y la naturalización de la violencia callejera.
“Luchemos contra el insulto y el atropello en el interior de nuestras familias. No nos acostumbremos a la violencia callejera, a ver que nuestras calles se pueblan de jóvenes que mendigan la vida”, advirtió.
Lejos de considerar el acto del Milagro como una ceremonia simbólica sin consecuencias, Cargnello exigió coherenciaentre lo que se promete en público y lo que se hace en privado:
“No nos quedemos solamente con el pacto de fidelidad del 15. Que no sea un gesto anual, sino una vivencia diaria.”
“La esperanza en Dios nos dará fuerzas para vencer el cansancio en esta lucha. Pero esa esperanza debe traducirse en respeto, en compromiso y en justicia.”
El mensaje de Cargnello no fue político en el sentido partidario, pero sí profundamente político en su contenido: reclamó una transformación ética urgente, con el respeto como valor no negociable y la esperanza como motor de cambio.
“La última palabra la tiene el Señor de la vida. No se apaga la esperanza”, cerró, con voz firme y mirada clara.
En un país cada vez más dividido, Cargnello pidió respeto. Porque sin respeto, no hay pacto que dure ni esperanza que alcance.







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