Funcionarios, aura y el prejuicio sobre los jóvenes
La participación de funcionarios salteños en una batalla de “farmear aura” abrió una discusión sobre el papel de quienes tienen a cargo políticas juveniles. Salieron a responder las críticas y dejaron una frase todavía más discutible: “Mejor que compartan, a que hagan algo malo”. El problema nunca fueron los chicos ni sus formas de divertirse. ¿Por qué habría que suponer que la otra posibilidad es que estén haciendo algo malo?
Primero habría que aclarar algo: el problema no son los chicos que se juntan a farmear aura. Puede resultar incomprensible para muchos adultos, provocar gracia o parecer una pavada, pero no deja de ser una moda juvenil, con sus gestos, poses, movimientos y referencias tomadas de las redes. Antes hubo otras y seguramente dentro de un tiempo habrá una nueva.
La discusión empezó porque quienes se sumaron al desafío fueron funcionarios de áreas que trabajan justamente con jóvenes. Santiago Alurralde, de Participación Ciudadana; Tane Da Souza, director de la Agencia de la Juventud, e Iván Mizzau, secretario de Participación Ciudadana, participaron de la actividad y terminaron haciendo su propia batalla. El video circuló, se viralizó y las críticas ya no apuntaron a lo que hacían los adolescentes, sino a los funcionarios.
Alurralde y Mizzau salieron después a explicar que este tipo de propuestas sirve para acercarse a los chicos. “Cuando uno empieza a hablar el idioma de ellos se sueltan mucho más, te transmiten mucho más y participan mucho más”, dijeron.
Puede ser. Si alguien trabaja en un área de Juventud, lo mínimo que se espera es que conozca a los jóvenes con los que trabaja, sepa qué les interesa y entienda cómo se comunican. No tendría demasiado sentido pretender llegar a ellos desde un escritorio y con códigos que les son completamente ajenos.
Otra cosa es creer que para escucharlos hay que imitarlos.
Se puede organizar el encuentro, acompañarlo, conversar con los chicos y aprovechar ese espacio para saber qué piensan o qué necesitan. Lo llamativo es que, al final, lo que trascendió no fueron sus voces ni las propuestas que, según los funcionarios, surgieron de la jornada. Lo que se viralizó fueron los funcionarios farmeando aura.
Y cuando llegó el momento de defender la actividad apareció una frase que empeoró bastante la explicación: “Mejor que compartan, a que hagan algo malo”.
¿Quién dijo que iban a hacer algo malo?
Porque ser adolescente no significa estar a un paso de meterse en problemas si un adulto no encuentra rápidamente una actividad para mantenerlo ocupado. Los chicos tampoco tienen que estar haciendo algo útil, educativo, saludable o supervisado para demostrar que no representan un problema.
Es raro, además, que desde un área que pretende acercarse a los jóvenes termine apareciendo una mirada tan vieja sobre ellos. Se habla de comprender sus códigos, de no juzgarlos y de acompañar sus formas de expresión, pero a la hora de justificar una actividad se plantea como mérito que estén ahí y no haciendo “algo malo”.
Ni siquiera hacía falta defender el farmear aura de esa manera. La práctica no es mala.
De hecho, quienes han analizado el fenómeno encuentran cosas bastante más interesantes que las que aparecen cuando se lo mira simplemente como otra extravagancia de TikTok. Los chicos se encuentran fuera de las pantallas, ocupan una plaza, interactúan cara a cara, juegan, pierden vergüenza y comparten códigos propios. Nada demasiado distinto, en el fondo, de lo que hicieron otras generaciones con otras modas.
Los funcionarios también hablaron de eso. Dijeron que la actividad permite “salir de atrás de la pantalla”, encontrarse con otros y perder el miedo y la vergüenza. Es probablemente el argumento más razonable que dieron.
Pero si todo eso es cierto, tampoco queda demasiado claro por qué tenían que convertirse ellos en parte del espectáculo.
Hace poco ocurrió algo parecido con los therians. Aparece una tendencia entre adolescentes y enseguida hay adultos tratando de descifrarla, condenarla, reivindicarla o sumarse para demostrar que entienden de qué hablan los chicos. Cuando esos adultos son funcionarios de Juventud hay un agregado: la necesidad de mostrarse cerca de ellos también puede terminar siendo una forma de mostrarse a sí mismos.
Y ahí conviene mirar qué significa realmente estar cerca de los jóvenes.
Saber qué pasa en TikTok puede servir. Saber qué meme usan también. Pero un chico que mañana salga a buscar su primer trabajo va a necesitar bastante más que un funcionario que conozca sus tendencias. Lo mismo el que quiera capacitarse, estudiar, emprender, practicar un deporte o encontrar un espacio cultural. Y están además los problemas que no suelen dar videos simpáticos: las apuestas online, los consumos problemáticos, la violencia, el abandono escolar y las dificultades para entrar al mercado laboral.
Para farmear aura, sinceramente, no necesitan al Estado. Ya aprendieron solos.
Lo necesitan para aquello que no pueden resolver solos.
Por eso tampoco se trata de pedir funcionarios solemnes, alejados de las redes o incapaces de divertirse con los chicos. Eso sería absurdo. Se trata de no confundir cercanía con mimetización y, sobre todo, de no perder de vista quién está allí para quién.
Un adolescente está en una plaza porque quiere encontrarse con otros, jugar, mostrarse, hacer el ridículo si tiene ganas y seguir una moda que probablemente muchos adultos no entiendan. El funcionario está ahí porque ocupa un cargo público y tiene una responsabilidad con esos adolescentes.
No es lo mismo.
También sería injusto afirmar que Alurralde, Mizzau o Da Souza hicieron el video para conseguir votos, seguidores o instalar sus nombres. No hay elementos para asegurarlo. Pero sí se puede mirar lo que finalmente ocurrió: los chicos participaron de una actividad y quienes terminaron en los videos, en los medios y dando entrevistas para explicar lo sucedido fueron los funcionarios.
Una ironía bastante apropiada para una competencia de aura.
Pero hay algo más incómodo que esa imagen y quedó en la respuesta que dieron después. Los adolescentes no necesitan que un funcionario celebre que estén jugando porque así no hacen “algo malo”.
Pueden farmear aura, juntarse en una plaza, perder el tiempo, divertirse y hacer cosas que a los adultos les parezcan incomprensibles.
Son jóvenes. No sospechosos.
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