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El show debe parar: El Concejo Deliberante no es un circo

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Lo ocurrido ayer en el Concejo Deliberante de la ciudad de Salta merece una profunda reflexión y una contundente condena. El recinto donde deberían debatirse políticas públicas, proyectos y soluciones para los salteños se convirtió, una vez más, en un escenario de gritos, insultos y espectáculos personales impropios de una institución democrática.

Por Marcela Pérez

El concejal Martín Del Frari protagonizó una intervención que, por su tono, contenido y estilo, cruzó todos los límites del respeto institucional y del debate político serio.

No se trató de una crítica con fundamentos, ni de una defensa ideológica apasionada. Se trató de una sucesión de agravios personales, burlas, ataques físicos y descalificaciones gratuitas que avergüenzan a la política local.

Un repertorio de insultos y vulgaridades

Del Frari abrió su alocución diciendo: “He escuchado tantas estupideces, tantas tonteras que se vierten acá en el recinto, que me da mucha vergüenza.”  Ya desde esa primera frase, eligió el insulto como método. No refutó ideas ni argumentos: los tildó de “tonteras”, “estupideces” y “asquerosidades”, deslegitimando el debate desde el desprecio.

A lo largo de su intervención, el concejal se refirió a otro edil sin mencionarlo y en plural para evitar una cuestión de privilegio, aunque todos los caminos conducían a Pablo López (Ahora Patria) quien lo había antecedido en la palabra, como “chupamedias”, “impresentables”, “saltimbanqui”, y se burló incluso de su apariencia física: “si usted lo viera entrar a las 9 de la mañana acá, o a las 10 de la mañana al Concejo Deliberante y le mira el pelo, parece una bolsa de flecha.” ¿Ese es el nivel del debate político que merecen los vecinos de Salta?

Ataques personales, sexismo y desvío de función

Peor aún no conforme con esto, el edil cargó contra la diputada nacional María Emilia Orozco de forma misógina y caricaturesca, diciendo que los libertarios “le llevan el perrito en el brazo” a la diputada “para sacarse fotos”. Y agregó con burla: “anda con el perrito este mostrándose en todos lados”. Esta manera de referirse a una mujer que representa a Salta en el Congreso es machista y denigrante, y no contribuye en nada al debate democrático.

También cuestionó el ámbito personal de su colega, lanzó acusaciones sin pruebas de nepotismo (hablando de A.P. para familiares o mencionando a “la novia y el padre” de un concejal en listas de candidatos) y cerró con una arenga que más parecía un desahogo emocional que una intervención legislativa.

Un discurso sin datos, sin propuestas, sin respeto

Más allá de las formas, el fondo fue igual de pobre. Del Frari defendió el contrato con Agrotécnica Fueguina diciendo simplemente: “yo saco la basura y la recogen”, como si una experiencia personal fuera prueba suficiente para avalar uno de los contratos más caros del municipio.

Criticó al Gobierno Nacional con frases como “se gastan fortunas en los viajes del impresentable del Presidente” o “ni siquiera llegó ninguna inversión de los 37 viajes”, sin acompañar estos dichos con un solo dato o fuente oficial. En vez de construir un análisis técnico de la situación nacional y su impacto en Salta, optó por el panfleto emocional.

¿Representantes o agitadores?

La ciudadanía salteña no eligió a sus concejales para que usen el micrófono como una red social o una tribuna de stand-up político. El rol legislativo exige seriedad, respeto y compromiso con el bien común.

Se puede disentir, se puede criticar, se puede oponer. Pero lo que no se puede –y no se debe permitir más– es el uso del recinto deliberativo para burlarse de un colega, para lanzar apodos de primaria, o para disfrazar de pasión lo que no es más que falta de argumentos.

Es hora de trazar límites

La intervención de Martín Del Frari no puede naturalizarse aunque el resto de sus pares hayan asistido sin inmutarse a semejante catarata de improperios. No es una simple “forma de expresarse”. Es un síntoma preocupante de la degradación del debate público y de una dirigencia que parece haber olvidado su misión: representar con dignidad, trabajar con seriedad y respetar al adversario.

El Concejo Deliberante necesita con urgencia un código de convivencia parlamentaria, ante la evidente incapacidad de su presidente, Darío Madile, de ejercer autoridad y establecer un mínimo de orden y respeto institucional. Pero más allá de las normas formales, es imprescindible una reacción ética de todos los bloques: si los concejales no son capaces de respetarse entre sí dentro del recinto, ¿con qué autoridad pueden exigir respeto por parte de la ciudadanía o de los medios de comunicación, a los que tanto aluden cuando les conviene?

Salta necesita menos estridencia y más compromiso institucional. La verdadera política no se construye desde el agravio, sino desde la responsabilidad. Porque quien no cuida su forma de expresarse, difícilmente podrá cuidar los intereses de quienes lo eligieron.

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